
Terry McCaleb es un antiguo agente del FBI
que se ha visto obligado a la jubilación anticipada a causa de una grave enfermedad. Se dedica a
ganarse la vida organizando viajes en
barco y vive con su esposa y sus hijos. Un día, una antigua compañera de
profesión le trae una serie de fotos y un vídeo que describen un asesinato
ocurrido en extrañas circunstancias: un antiguo presidiario es encontrado
muerto en posición fetal inversa. Sus brazos y sus piernas se encuentran atados
a la espalda y, además, le han golpeado con contundencia en la cabeza. Le han
tapado la boca con cinta adhesiva y en esa cinta han escrito un mensaje en
latín. McCaleb se da cuenta de un
detalle que no quiere pasar por alto: una lechuza ha sido colocada de forma
intencional en el escenario del crimen. El mensaje y el escenario llevan a
McCaleb a investigar a un interesante pintor cuya obra rebosa de mensajes e
imágenes siniestras.
Otros de los personajes que aparecen es Henry
Bosh, policía de homicidios con muchos
años de experiencia. Por azar, o no tanto, el asesinado tenía relación con un
caso de Bosch. McCaleb lo sabe y se reúne con él, pero lo que no sabe McCaleb
es que el macabro asesinato tiene mucho que ver con antiguos casos de Bosh,
planteándose así un rompecabezas que lleva a sospechar a McCaleb del agente de
homicidios.
Connelly construye una trama intensa en la que
nos va aportando, con cuentagotas y de forma muy bien administrada, información
relativa al arte, los personajes y una serie de oscuras conspiraciones. Es el primer libro de Connelly que leo, pero
creo que le dedicaré más tiempo a este autor.
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