Lo confieso, no hay un personaje de ficción que me alegre más el día que Homer Simpson. Algunos ven un idiota bonachón que representa todos los cánones del estadounidense medio. Yo veo a un tipo que adapta la realidad a su mundo particular. Que quiere ser rockero, se hace rockero; que quiere ser hippy, pues no le hace falta convertirse mucho puesto que, en palabras de su hijo Bart, ya es sucio y demagogo. Cuando me pido una cerveza en algún bar, me acuerdo de la Duff y si veo a algún parroquiano colgado de la barra, de Lenny, Carl y Barnie. Que me hablan de jefes- empresarios sin escrúpulos, me viene a la cabeza el señor Burns y su aguileño rostro vampírico. Pero la cosa no queda aquí; que vemos corrupción en los periódicos, tenemos al alcalde Quimby, corruptus in extremis. Por no hablar de todo el abanico del colegio de Springfield con sus abusones, sus empollones y su director Skinner, parodia del malo de Psicosis y algún sargento antiguo del Vietnam. Capítulos como el del día en q...
Reseñas de libros clásicos